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Sergio Osiroff
Ingeniero Pesquero

Docente de la UTN - Investigador


De relatos y navegantes (I)

02/09/2020. El hombre que se adelantó a su tiempo

De relatos y navegantes (I)

¿Qué hubiese sido de Francisco de Hoces si, en lugar de nacer en España, lo hubiera hecho en Inglaterra? El Pasaje Drake, ¿se llamaría Drake? ¿O, en cambio, conservaría su denominación original Mar de Hoces, en recuerdo de su primer explorador? 

A fuerza de toponimias, habrá que admitir que el inglés fue un hombre que, de tan adelantado a su tiempo, se adelantó incluso a su nacimiento. Vino al mundo quince años después de que Francisco de Hoces descubriera el espacio oceánico que separa el continente americano de la Antártida. Detalle que no fue obstáculo insalvable para un hombre tan adelantado como Sir Francis: por más que lo navegara medio siglo después que su primer navegante, es como si lo hubiera navegado antes, de modo que hoy lo conocemos como Pasaje Drake.

No soy de aquí, yo soy de alla

Un pequeño  –aunque sustancial–  cambio en la canción de Facundo Cabral, podría invitar a plantearse algunos interrogantes semejantes. Por ejemplo, si Shackleton hubiera sido argentino, ¿sería hoy reconocido casi como el modelo de explorador antártico por antonomasia?

No le gusta perder ni a la bolita

Veamos. Un explorador antártico al que aventajan en llegar al Polo Sur. Madrugado por el noruego Amundsen en una expedición notable, planificada y ejecutada con precisión y profesionalismo extremo, Shackleton ya no puede ser el primer humano en concretar la hazaña. Pero también se le adelanta su viejo jefe y competidor, Scott. Este último, en una expedición no exenta de voluntarismo y propaganda oficial británica, que finaliza tanto en el arribo al Polo Sur como en la muerte de Scott y todos sus subordinados.

Uno (Amundsen) va con perros, el británico con caballos manchurianos. Lógicamente, el perro a la hora del hambre come cualquier cosa. El caballo, seguramente pasto. Y pasturas no hay en el Polo.

Si hubiera sido argentino, capaz que nos preguntaríamos, con el diario del lunes, cómo es posible que se le ocurriera ir con matungos. “Cosas de este país de burros”. Pero como a los burros los llevó el inglés, poco y nada decimos.

Misión imposible

Pongámonos en su lugar (no en el de los burros ni el que los llevó; en el de Shackleton).

Algo tiene que hacer. Es gente para la que debe ser difícil convivir con el éxito de otros. En algo tiene que ganarle a Amundsen, y reivindicar arrogantemente la sombra del muerto Scott.

Olvidémonos de la ciencia. Se prevén observaciones, si, pero casi por darle un barniz justificatorio a la expedición a organizar. Porque no se trata de ciencia: Shackleton no es Nordenskjold (alguien a quien el relato anglosajón empequeñecerá hasta el día de hoy, como al propio Amundsen, a Charcot o a Gerlache). No. Lo suyo es pura y exclusiva puja deportiva y de orgullos, detrás de los cuales asoman intereses nacionales. Y además son vísperas de la Primera Guerra Mundial, donde los soldados morirán de a centenares de miles en las trincheras.

En suma, lo de Shackleton pasa por hacer algo “más grande” que Admunsen, a la vez que reconocer simultáneamente a Scott, su viejo compañero y competidor. Reconocimiento sobrador (seamos mínimamente inteligentes), vinculado a una antigua puja de vanidades, con un muerto que no puede ya defenderse por sí mismo. Todos esos ingredientes conducen a la «Expedición Imperial Transantártica»: desembarcar de un lado de la Antártida, ir al Polo (como quien le queda de paso), y que lo vayan a buscar del otro lado. Parece pueril, pero indagar un poco en lo que quiso hacer, las áreas en las que pretendió navegar y desembarcar y las épocas en que planificó hacerlo, va de la mano de una mente obsesiva y, tal vez, desbordada en la urgencia de una altivez herida.

Don Narciso

En otros términos: no se trata de una aventura audaz o hasta temeraria, de éxito incierto. No es Colón navegando más allá del horizonte, con un cálculo deficiente de la longitud y un pobre conocimiento de las dimensiones de la tierra. Tampoco es Magallanes lanzándose a un nuevo mar, luego de descubrir y atravesar el estrecho, dejando por la espalda no una ruta de regreso a casa, sino un continente desconocido. Ni es Los Nodales, circunnavegando por primera vez Tierra del Fuego y entablando los primeros contactos con sus habitantes. En esas aventuras, como en otras del período descubridor a partir del Renacimiento, hay gigantescos riesgos y desconocimientos, pero también racionalidad. Y motivaciones económicas. Y hambre. Cero romanticismo.

En el caso de Shackleton, en cambio, asoma un carácter narcicista y romántico, detrás del cual se parapeta un interés nacional e imperial (por algo, el nombre oficial de la expedición incluye explícitamente esa palabra, «imperial»).

Imperial, pero en el siglo XX, no en los tiempos en que Galileo le escapaba a la hoguera. Hay mucha diferencia entre una época y otra. Y entre un imperio que, con todos sus defectos, se mestizaba y creaba universidades en tierra americana, con otro que evitaba escrupulosamente incurrir en ambas cosas. Harina de otro costal. Volvamos al expedicionario cuyo recorrido incluye una parada intermedia en el polo. Casi para estirar las piernas.

Los pescadores no saben nada

Se viene la guerra mientras Shackleton sueña con su empresa. Recluta gente, consigue fondos, buques, etc. y se manda. Pasa por Buenos Aires y de allí a Georgias, donde los loberos le advierten de las condiciones adversas de ese año (variables de un año a otro), lo mismo que de la inconveniencia de la época en que emprendía su navegación a la Antártida. Prefiere no beber de la experiencia ajena. El sigue, con la idea fija de desembarcar en Bahía Vahsel, al fondo del Mar de Weddell. Un lugar que solo quienes han ido, pueden decir de qué se trata. Solo excepcionalmente se dan condiciones de hielo que posibiliten el acceso “normal” al lugar. No debe haber sector más duro y difícil en la Antártida.

Todos los hielos son iguales

“Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas”, dice Paracelso. Todo un reto: no creerse que uno lo ha visto todo y lo sabe todo. Algo básico para quien desarrolla funciones de mando o trabajos de “tiempo real”, en que los aciertos y errores tienen siempre consecuencias. Cuando la experiencia invita a pensar que ya todo se ha aprendido, es el momento del peligro.

Aplicado a la Antártida, podría decirse que ni todas las épocas del año, ni todas las estaciones, ni todas las zonas ni hielos son iguales.

Tomar decisiones en ese marco, requiere apoyarse en la experiencia, pero también en la predisposición a reconocer que no se tiene respuesta a priori para todo. A veces, hay que desensillar y ver. Y escuchar.

Pero Shackleton sea probablemente un ejemplo de alguien que no ha considerado la sentencia de Paracelso. La conjunción de los medios técnicos con que contaba (particularmente el buque), la probable subestimación del consejo ajeno y, acaso, el error de suponer que las condiciones de navegabilidad en el Sur del Mar de Weddell son semejantes a las de otras áreas polares (que no lo son), invitan hoy a pensar en la ridiculez de su empecinamiento por desembarcar en Bahía Vahsel

Por supuesto que, el resultado, es el que cualquier persona con sentido común hubiera pronosticado con respetable probabilidad de acierto: su buque queda atrapado, destruyéndose por la presión del campo de hielo, y a partir de allí vienen dos años de aventuras hasta el rescate.

El medallero

Un notable fracaso, bien gestionado por Shackleton, que en esas circunstancias se maneja con la racionalidad de la que tal vez su propio fervor lo había privado hasta entonces. Un grande, sin lugar a dudas. Alguien que pudo volver de su capricho y que, ante el desastre en ciernes, supo tomar decisiones acertadas sin dejarse llevar por la desesperación. Una aventura de dos años en el hielo, en que no solo no pierde ningún hombre, sino en la que pone en evidencia sus dotes de conductor y hasta su habilidad náutica, navegando para pedir auxilio desde isla Elefante a Isla San Pedro - Georgias del Sur.

Y que al regresar a su país, cuando el gobierno británico decide premiar con una medalla a todos los integrantes de la expedición, el propio Shackleton solicita que no le sea concedida a cuatro de ellos. Entre los cuales se contaba un personaje clave en el éxito final, el carpintero Harry Mc Nish. Alguien de quien podría afirmarse que, al margen de algún acto de indisciplina, probablemente producido al ordenarse remolcar los botes en el hielo (cosa que finalmente el mismo jefe de expedición desistió de insistir, dada la irrelevancia de la tarea), había sido decisivo en la preparación del bote con que Shackleton fue a pedir auxilio a Georgias. Mejor dicho, el bote a bordo del cual fue Shackleton a pedir auxilio junto a otros tres hombres, empezando por el propio Mc Nish.

Parece que “The Boss” no sintió la necesidad de agradecerle nada, al carpintero, por su trabajo crucial. Acaso fuera un «mal arriado», como suelen ser los hombres de mar experimentados.

Aún hoy hay quienes solicitan que le sea concedida la medalla, al menos como reparación póstuma a su memoria. Habrá que ver qué vivieron tanto él como sus seres cercanos, luego de serle negada la condecoración otorgada al resto. Se dice que terminó sus días en los muelles, viviendo de la caridad de los marineros.

Si hay miseria, que se note

A ver ... gran explorador, gran aventurero, gran decididor en situaciones límite, y probablemente poco dado a la hora de agradecer. Como si hubiera sobrevivido y además salvado a todos, solo gracias a él mismo. Pavada de autoestima. Tal vez, en el famosísimo Shackleton, haya anidado no solo un culto al narcicismo, sino un dejo de miserabilidad que asombra. Una frialdad que congela el ánimo. Esa faceta también es parte de aquel hombre extraordinario.

La importancia de llamarse ernesto

Y regresemos al planteo de los primeros párrafos. ¿Qué hubiera sido de Ernest Shackleton, de no haber sido británico? Hagamos el ejercicio de suponerlo, por un instante, argentino o chileno. O español o italiano, si se quiere. ¿Sería objeto de culto?  El mundo «desarrollado», ¿dejaría pasar, tan como si tal cosa, las pequeñeces de su espíritu, lo mismo que sus errores? ¿Se habría transformado, su tumba en Grytviken, en lugar de inspiración y peregrinaje de aventureros posmodernos?

Puntos de vista

Debemos reconocer, desde ya, que a los hispanoamericanos hay ciertas cuestiones que nos son caras. O que, para bien y para mal, las miramos de otro modo.

Casi que solemos vernos como propietarios, en exclusiva, de cúmulos de defectos, asociados  todos ellos, indefectiblemente, a nuestro menor progreso material que otras sociedades. Es posible que poseamos una sumatoria de factores corregibles, en contraposición a culturas que parecieran no tener nada por mejorar y ser a su vez sumamente industriosas. No es motivo de discusión, ni de esta nota.

Pero cabría decir que, en nuestra cosmovisión, a quien se equivoca pero enmienda su accionar ante una nueva oportunidad, volviendo sobre sus pasos y dando el presente cuando se lo necesita, mal que mal se es indulgente con sus pasados errores. Tal vez vestigios de una cultura con aristas “corregibles”, como se mencionó anteriormente, pero en todo caso diferente a la de formato puritano. O, por lo menos, cultura que todavía era distinta en épocas previas a la posmodernidad vigente, en que aún se despreciaba la botonería. De allí que la actitud de Shackleton pueda ser perturbadora ante nuestros ojos. Difícilmente un hispano no hubiera tenido cierto pudor por resguardar, aún mediando resentimiento y broncas justificadas, la imagen de aquellos hombres con quienes se han compartido riesgos y desasosiegos. 

Peligros como los que corrieron Shackleton y sus subordinados en la Antártida. Hombres salvados en buena medida por las decisiones de su jefe (en una conducción del grupo y la situación, se reitera, que es digna de admiración), pero metidos en riesgos que, de ser naturales en función de la zona y carácter de la expedición, fueron potenciados por él mismo y su arrogancia.

El equívoco de Oscar Wilde

Dice el gran escritor: «La más profunda naturaleza del hombre no tarda en ser puesta al descubierto». Error, claramente demostrado en el caso Shackleton: el relato está por encima de todo, y retarda el entendimiento de las cosas o lo impide definitivamente. Más si procede de quienes tienen el copyright de la verdad. Lo mismo en la toponimia, que simula ser un juego inocente: tras ella, juegan su partido el relato y los intereses que se enmascaran en él. El caso del Pasaje Drake y el ninguneo de Hoces así lo testimonian. Y lo mismo sucede también con la «Leyenda Negra», con la cual nuestros ilustrados suelen entusiasmarse, sin percibir no solo los contextos y las realidades documentales, sino especialmente el juego al cual se prestan (los casos más patéticos de la ignorancia, suelen venir de la mano de los más ilustrados).

Final abierto

Recuperar historias de navegantes y exploradores, con sus luces y sombras, es parte del reto que habría que emprender para entender qué somos en esta porción del mundo. Apasionadamente en el rigor, pero sin que la emotividad, el criterio de justicia retroactiva o el sacado de contexto histórico, perturben el entendimiento.

Hay muchísimo que aprender de los británicos, con quienes además mantenemos un conflicto. Hay que estudiarlos y valorarlos. Son un pueblo marítimo, conducido a través de los siglos por dirigentes brillantes, plenamente conscientes de la trascendencia del dominio del mar.

Pero, a la par, también es necesario «poner en caja» su relato, viendo de qué modo articula con sus intereses y contribuye a desarticular los nuestros.

Es necesario recuperar nuestra propia historia marítima y antártica. Historia a la que aportaron los primeros habitantes y navegantes de Tierra del Fuego, tanto como los exploradores españoles, europeos y luego argentinos  (también chilenos) que realmente han hecho cosas. Cosas, por lo pronto, tan importantes como las de Drake y Shackleton. O Cook y Fitz Roy.

Tierra del Fuego es insular y antártica. Esa es su geografía, pero no necesariamente su destino, porque un destino no solo está hecho de circunstancias y condicionantes (geográficas o de otro tipo), sino también de la decisión de ser alguien. Por ello, rescatar del olvido a los navegantes y exploradores que hicieron Tierra del Fuego y Antártida, es parte del camino a emprender, si es que pretendemos ser, o volver a ser, alguien en el fin del mundo.

Tan importante como dejar de repetir, acríticamente, los relatos que vienen listos para digerir sin pensar.  O tan relevante, a su vez, como abandonar la retórica polar con que vivimos engordando nuestras pasiones, mientras nos desentendemos de la realidad.

Drake y Shackleton. Dos grandes, pero con sus luces y sus sombras. Como cualquier hombre.

Y como tantos otros que también aportaron al conocimiento de nuestra geografía, a nuestra historia y, finalmente, a lo que somos. Hay que traerlos al presente (y tenerlos presente), si deseamos contribuir, con sinceridad y no solo con palabras, a conformar un espíritu industrioso que nos emparente con un destino marítimo y antártico.



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