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Sergio Osiroff
Ingeniero Pesquero

Ingeniero pesquero - Docente de la UTN Facultad Regional TdF - Marino Mercante


De relatos y navegantes
El gaviero, La Pinta y el eterno subcampeón

15/03/2021. 3ra. parte

El gaviero, La Pinta y el eterno subcampeón

Metamorfosis

No nos vamos a meter con las técnicas que, oportunamente expurgadas de su padre intelectual (quien las catalogara como los “once principios de la propaganda”), han mutado en ciencias de la comunicación social. Milagro del relativismo.   

No. Enfoquémonos en el relato dominante, también propenso a la metamorfosis, pero siempre firme en sus preceptos innegociables. Cosa de que los intereses involucrados pasen desapercibidos, mientras trabajan con tesón sobre las cabezas. Sea en su formato tradicional de inocente librecambismo. Sea conforme su contraparte, el de férrea defensa de individuos que se hacen llamar empresarios, por el solo hecho de que invierten con el bolsillo de los demás.

O las más modernas formas capitalistas de rostro humano. Las que estimulan “políticas públicas”, financiables con endeudamientos para siempre o el alternativo fotocopiado perpetuo de billetes. Uno u otro según se trate de foto carnet 3/4 perfil neoliberal, o socialdemócrata.

En todos los casos, asegurando sacarle todo el jugo posible a los ocurrentes que creen que, para vivir, hay que producir algo.

 

Tirar la cadena

Pero las herramientas de persuación económica no bastan. Estamos hablando de imperialismo depredador, no de imperios generadores (términos que se toman prestados del materialismo filosófico). Depredación que hoy usa la herramienta del tribalismo, fibra que contribuye a la evacuación de cualquier resto de valores humanos comunes. 

 

Se busca pareja, fines serios

Se entiende que sea así. Tal como entrevió Pier Paolo Pasolini hace medio siglo, la verdadera revolución internacionalista la está protagonizando el neocapitalismo, no el marxismo. Un neocapitalismo que ha comprendido que, en su marcha hacia la dominación financiera y política del mundo (al que percibe con sobrante de gente), le conviene mucho más aparearse con filántropos y progresistas sentimentales que con un creyente sincero en Adam Smith. Mucho menos con laburantes que, sin tantas ínfulas intelectuales, toman el bondi a las 5 de la mañana o compran al fiado en el almacén de la esquina. Los revolucionarios del dinero no son nada tontos: saben que para el cortejo, conviene adoptar chamuyo de izquierda. 

 

Un lastre del pasado: ser o estar

La cabecera de playa depredadora, se empecina entonces en convencernos de la urgente necesidad de identificarnos, unos de otros, como si perteneciéramos a especies humanas diferentes según nuestras múltiples diversidades. Y en modificar toda lengua que no encuadre con la terapia genital anglosajona. 

 

Soberano lubricante

Símbolo y síntoma de este tratamiento grupal son sectores de intelectualización importada que, aunque con lubricante de discursos que apelan a la soberanía, se largan al abordaje de algunas universidades públicas, promoviendo la deposición de valores universales junto a la deformación premeditada del idioma de Cervantes. En el entretanto, las más modestas universidades vinculadas con la producción y la tecnología aplicada al trabajo, o las casas de (¿bajos?) estudios donde en general se enseñan oficios para plebeyos, no cuentan con disponibilidad de tiempo para dedicarse a la terapia lingüística.

 

Encofrado social

No por otros motivos, se escucha con reiteración la dedicación de determinados ámbitos universitarios (no todos, aún) a la “construcción social del territorio”. Pavada de autoestima y de criterio vanguardista, al cual acaso deban ajustarse zapateros, dueñas de mercerías, comerciantes,  pescadores, guías de turismo, peluqueras, choferes, albañiles, verduleros y en general todo aquellos que, hasta el presente, en lugar de sumarle ladrillos al edificio social, han venido yugándola. Es decir peleándola para estirar, hasta fin de mes, una sopa aguachenta para ellos, los suyos, y hasta para algún que otro dependiente al que todavía puedan mantener en relación de dependencia. Cosa de que el caldo, al llegar a la mesa con algo de grasita, engañe al estómago.

Entre las vanguardias universitarias entregadas más a la arquitectura social que a instruir gente que se dedique a las cosas o los servicios (viles cosas y viles servicios que hagan a la productividad y el trabajo), están las que encuentran tiempo para organizar fiestitas. Por ejemplo, la animación de “Contrafestejos por el 12 de octubre y la conmemoración del “Ultimo Día de Libertad Plena de los Pueblos Originarios”.

 

Mesa a rueditas

Del “último día de libertad plena” no podemos conocer bien el pensamiento de quienes, ese mismo día, estaban acarreando materiales como bestias de carga sin usar ruedas. O estaban por servir la mesa de sus señores. O por ser servidos en la mesa de sus señores.

Mejor dicho, no sabemos bien a la libertad de cuáles pueblos “originarios” se refiere el contrafestejo del 12 de octubre. La libertad de todos es imposible, dado el orden de opresión violenta que existía, previa a la llegada de los españoles, de unos pueblos originarios sobre otros. Violencia y hábitos sanguinarios, cabe aclarar, cuya magnitud fue capaz de causar impresión a unos conquistadores que, justamente, no eran nenes propensos a la lipotimia.

 

Libertad de cultos

Tampoco podemos afirmar, a pesar de ponerle fichas a Ameghino, que el hombre sea originario de América. La aparente contradicción, no obstante, ha sido subsanada a través de la teología: sin hombres originarios, hubo en cambio pueblos originarios. La creencia en comunes denominadores de la humanidad, se afianza como la herejía a combatir por los guardianes de la fe.

 

Es lo que hay

Volviendo a rumbo, estos relatos solo intentan rescatar manuales, diarios de navegación y toponimias provenientes de antiguos exploradores. Tratar de entender qué es lo que veían y cómo se plantaban ante la incertidumbre de lo desconocido. Gente que por hambre, por gloria, por ambición, persecución judicial, religiosa o por lo que fuera estuvo aquí, actuando con la cosmovisión propia de la época en que le tocó vivir, y de la que heredamos una lengua que, aunque quizás inconveniente para el comercio on line o los pósters académicos, compartimos con otras seiscientas millones de almas en el mundo.

 

Sur, paredón y después

Gente como Rodrigo de Triana, ya que hicimos mención del criterio de quienes se dedican a la especialidad de “construcción social de territorio”, es decir, de tierra. Unos no se dan cuenta del momento que les toca vivir, y gritan solamente “tierra”. Otros, cinco siglos después, la construyen desembarcando con balde y palita en playas de libritos, con argamasas de palabras difíciles.

Tal vez, entre la gente que va a pata, haya quien encuentre algo atractivo detrás de estas historias. Merecería, por cierto, mejores escribidores que el embrollador que suscribe. Ojalá aparezcan esos decidores.

En eso, los ingleses han sido buenos. Los mejores. Se dedicaron a contar historias, “su historia”, y lo han hecho bien. Y para ello no le apuntaron solo a las citas y los congresos, que siempre son de proyección limitada, sino a convencerse primero a ellos mismos, para luego salir a llevarse el mundo por delante con su relato. Un relato constructor de realidades.

 

Vino, vio y volvió

¿Qué diríamos de él, es decir de Rodrigo de Triana, si además de recordar que fue el gaviero que avistó tierra en la expedición de Cristóbal Colón, supiéramos que formó parte de la aventura de Loaysa? Hombre cuyos ojos vieron un nuevo mundo al menos en dos oportunidades: las Antillas, a bordo de La Pinta, y la costa de Tierra del Fuego treinta y tres años después, navegando el Estrecho de Magallanes rumbo a Las Molucas. 

Para sorpresa de quienes hemos perdido la curiosidad a manos de pedagogos o animadores de contrafestejos, el antiguo gaviero se había transformado, con los años y su esfuerzo (que debió haber sido notable), en un especialista en navegación. No cualquiera llegaba a piloto, y menos a cumplir esa función como colega de Elcano, primero en completar la vuelta al mundo. La aventura que compartieron, la de García Jofré de Loaysa, fue además una de las mayores de todos los tiempos.

Ninguno de los dos, ni Elcano ni Rodrigo de Triana, vivirían lo suficiente para llegar a las Molucas, muriendo con pocos días de diferencia, en el Pacífico, a un paso de lograrlo. Pasto de mar y oraciones habrán sido ambos, antes de ver coronado su esfuerzo por el éxito, como lo fue.

No deja de ser una historia apasionante. Y que tiene punto de encuentro con Tierra del Fuego. Quien avistó tierra americana en 1492, tres décadas después era piloto de la “Santa María de la Victoria”, nao capitana de la gran expedición de Loaysa.

 

Pelota plana

Los pilotos de aquella época se contaron entre quienes contribuyeron a cambiar el universo. La exploración de un mundo desconocido obligaba, a quienes pretendían sobrevivir (y producir documentación que incorporara tierras y mares al conocimiento), a llevar la especulación intelectual al terreno de la realidad. El “empirismo absoluto de las realizaciones” (para hablar en términos  fundacionales de la Universidad Tecnológica Nacional), era lo que otorgaba el valor de verdad.

Ese solo hecho, es decir la obligación de lanzar la inteligencia por fuera del marco de las abstracciones, propio de quien debe resolver problemas en vez de quedarse en la enunciación de hipótesis, hizo que aquellos pilotos fueran, de a poco, llevando la redondez de la tierra a la superficie plana del papel. Hasta llegar a la proyección esférica, primer intento de que la línea de los rumbos fuera una recta “respetable” sobre un plano, manteniendo el mismo ángulo con todos los meridianos que atravesase, aunque en la realidad del planeta fuera una curva. Faltaba espaciar los paralelos. Y algo aún tan fantástico como aquello: llevar un punto, el Polo, si no al infinito, a ocupar todo el ancho del papel del mapa.

¿Cuántas veces habremos escuchado que los españoles y portugueses creían que la Tierra era plana? Fue al revés. Lo que hicieron fue arreglárselas para ir llevando, racionalmente, la esfericidad al plano, cosa de resolver una cuestión técnica que permitiera navegar grandes espacios marítimos, planificando y reproduciendo derrotas hacia costas y territorios que se incorporaban al conocimiento.

Pero en esto hay otra historia. Y una evolución tecnológica a la que gente como Rodrigo de Triana, el que vio América de joven y Tierra del Fuego de adulto, contribuyó con su saber y experiencia.

 

Irse de orza

Vamos a finalizar este largo relato en que, recapitulando singladuras, hemos navegado desde Borges al vigía que anunció “tierra” sobre la cofa de La Pinta. Desde el relato británico, hasta las aventuras de aquellos que no han tenido la fortuna de contar con quienes retrataran sus historias, ni con una nación detrás empecinada en hacer, de su propia imaginación y conveniencia, la verdad histórica. Hemos viajado desde el monopolio descubridor holandés e inglés, hasta el mundo desconocido que, con anterioridad a aquellos, debieron enfrentar hispanos y portugueses para forjar un nuevo conocimiento de ese mismo mundo. Hemos pasado por propagandistas diplomados, y por personas de a pie obligadas, por el propio Estado, a despreciar a los mismos aventureros que nos legaron la lengua del Quijote y el Martín Fierro.

 

Palabra de General

“La difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas”.

Cuando el 12 de octubre no era un día de contrafestejo impuesto por animadores de varietés académicos, sino de reafirmación de lo que somos, con nuestras mezclas, nuestras impurezas, claros y sombras, el General Perón se adelantaba setenta años a los riesgos que habrían de venir.

 

Rescatando territorio

Vamos entonces a insistir con historias. O a intentarlo, al menos. Y trataremos de volcarnos más hacia el mar, que a seguir desgranando intríngulis discursivos, o medias verdades que se nos han impuesto o nos imponen. Sin pretensión de contribuir a ninguna construcción social del territorio. ¡Como si la gente no construyera territorio en base a su trabajo!

Intentaremos no tener tanta arrogancia. Y aclaramos que a nuestro narcisismo no siempre le sale bien el disimulo, por lo que pedimos disculpas a priori.

Solo aspiramos a volver al Borges entrañable de su juventud. A aquel escritor incipiente que algo había visto en los “muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país”. Y volver a las historias de aquellos que hicieron cosas por este lugar en que vivimos. Sea que llegaron antes y sobrevivieron durante milenios, sea que lo hicieron después y dejaron sus huesos en algún lugar de lo que, para ellos, era un nuevo mundo. Sea que llegaron ayer. Son historias que valen la pena.

Y que no solo se han escrito en inglés. También en el español de Rodrigo de Triana, el que vio tierra dos veces. Una de ellas, nuestra Tierra del Fuego.



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