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Sergio Osiroff
Ingeniero Pesquero

Ingeniero pesquero - Docente de la UTN Facultad Regional TdF - Marino Mercante


PANORAMA
La vuelta de los Nodales

14/02/2021. De relatos y navegantes

La vuelta de los Nodales

Nos descubrieron

Febrero es importante en la historia fueguina. En aquel mes de 1619, Bartolomé y Gonzalo García de Nodal, al mando respectivamente de los navíos “Nuestra Señora de Atocha” y “Nuestra Señora del Buen Suceso”, lograron circunnavegar, por primera vez en la historia, la isla de Tierra del Fuego. Acompañados por un cosmógrafo de enorme reputación en su época, Diego Ramírez Arellana (con el que aparentemente ambos capitanes no se llevaron demasiado bien), la expedición no solo dio la vuelta a la isla sino que estableció el primer contacto documentado de exploradores europeos con sus habitantes.

Malas noticias

Tres años antes, en 1616, los holandeses Jacob Le Maire y Willem Schouten habían avistado y franqueado el Sur del Cabo de Hornos, en su navegación al Pacífico.

Para España (entonces unida a Portugal), que sus enemigos descubrieran otro pasaje entre los dos océanos debió haber tenido un efecto si no devastador, al menos muy preocupante. Consideremos que salvo por aisladas incursiones inglesas, esta región del planeta era española. De allí la inmediata expedición de los hermanos Nodal, o simplemente los “Nodales”, que terminará siendo probablemente la más importante navegación exploratoria de Tierra del Fuego durante más de dos siglos, hasta que Fitz Roy con Darwin realicen su propio periplo, por el canal que quedará bautizado con el nombre de su buque, Beagle.

El día que me cites

Urdaneta, uno de los pilotos del segundo viaje alrededor del planeta (al comando de García Jofré de Loaysa), le atribuye a Francisco de Hoces, también integrante de la expedición, haber visto el “acabamiento del mundo”. Aquello habría sucedido en 1525, durante los días en que la nave a su mando, la San Lesmes, se ausentó del Estrecho de Magallanes, separándose del resto de la flota a consecuencia de un temporal. Ciertamente es motivo de controversia que haya arribado a los 55° de latitud Sur, y más al Cabo de Hornos, durante el período de 6 a 8 días en que estuvo perdida. Las distancias y período de ausencia en el Estrecho, del que salió con urgencia ante un viento arrachado del Sudoeste (a fin de poner a su buque a salvo, en aguas libres), no cierran del todo.

Pero no cierran del todo, muy especialmente, si no se ha navegado la zona ni vivido sus grandes temporales. Borrascas que, en cercanías de la costa, pueden manifestarse desde una dirección u otra y hasta con calma chicha, según los efectos locales que solo las meigas pueden predecir o explicar. ¿Cuántas veces, quienes llevan algún tiempo navegando las aguas australes, observan el viento en altura en una dirección (sea con las nubes bajas o el planeo de las aves marinas en días límpidos), y en superficie las ráfagas provienen de sectores inesperados? Otra cosa es la típica rotación de los grandes temporales en aguas abiertas de la Patagonia Sur, que irrumpiendo desde el Noroeste suelen despedirse por el Sudoeste.

Cuando en vez de quedarse en la búsqueda bibliográfica, se ha tenido uno que mojar en la zona (no decimos qué), no surgen tantas dudas de que Hoces haya efectivamente llegado al Sur del paralelo de 55°, siendo el primero en navegar el espacio marítimo que se extiende desde Tierra del Fuego hasta la Antártida.

Por ese motivo es que se lo conoció como “Mar de Hoces”, lo cual es mucho más abarcador y acaso justo, tanto en su dimensionamiento como en su marco geográfico, que titularlo “pasaje”.  No obstante, como al gato de Sir Francis no se le busca tanto la quinta pata, Pasaje Drake es el nombre que se ha impuesto. Y los hispanos, los fueguinos entre ellos, dada nuestra indiferencia por el tema (o nuestra aceptación voluntariosa), seguramente estamos más que felices de que un poseedor de título nobiliario bañe nuestras costas, y no un vulgar gaita.

En fin, cuando se trata del mar y sus sabedores, ya lo dijo Cervantes en sus trabajos de Persiles y Sigismunda: En el arte de la marinería, más sabe el más simple marinero que el mayor letrado del mundo”.

Lo que el viento se llevó

Una especulación, a criterio del suscripto y como tal sujeta a crítica y contrapeso con otras alternativas, es que la nave al mando de Hoces, la San Lesmes, al tiempo de salir a mar abierto haya debido correr un temporal del Noroeste, para arribar rápidamente al paralelo de 55° Sur, dejando por estribor (con mucha fortuna, sin llevársela por delante) la Isla de los Estados, que es lo que tal vez hayan interpretado como “acabamiento del mundo”.

Pensemos que el faro de San Juan del Salvamento, instalado por la Armada Argentina en 1884 al Este de la isla, fue inspirador de Julio Verne para su novela “El faro del fin del mundo”, y así quedó su denominación en el imaginario colectivo, hasta hoy. Ciertamente, la vista desde el mar de aquel extremo de la Isla de los Estados, inspira en la imaginación del navegante la idea de que no existe nada más a partir de allí. Su latitud está, por añadidura, muy próxima a los 55° de la controversia. Lo cual hace perfectamente posible que, como se ha sugerido, Hoces la haya avistado, dejándola por estribor, y le diera la impresión de constituir el “fin del mundo”, cosa que relató al reunirse nuevamente con sus compañeros. Sensación potenciada, con toda probabilidad, por las formas que toman las montañas y contornos de la isla, cuando se difuminan en las nubes bajas que suelen caracterizar muchos de sus días, aún cuando en sus adyacencias el cielo esté despejado.

Volviendo al periplo, podemos presumir que luego de alejarse y sobrepasar los 55°, el temporal haya rotado al Sudoeste, como es casi la “norma” que ocurra, permitiendo a la San Lesmes invertir el rumbo y volver sobre sus pasos, navegando a partir de allí con viento del través o la aleta, hasta reencontrarse con el resto de la flota. En ese caso, los días y las distancias dan mucho mejor de lo que suponen algunos de sus bibliográficos refutadores. Que los hay. Incluso hispanoamericanos. Casi que especialmente entre estos últimos.

Nobleza gaucha

Pero es ciertamente discutible que Francisco de Hoces haya avistado el propio Cabo de Hornos. Y no es necesario caer en la falta de rigor que caracteriza a holandeses e ingleses a la hora de imponer sus relatos y toponimias. Sabiendo decir “nobleza obliga”, podemos admirar y conceder el descubrimiento a quienes lo documentaron y difundieron oportunamente. Y que a la vez dieron nombre a la Isla de los Estados.

La San Lesmes y su capitán, finalmente se perdieron durante el progreso de la expedición de Loaysa (probablemente en las costas de Australia), de manera que no hay otros documentos que sus relatos al momento del reencuentro con la flota en el Estrecho, y de los que tomó nota el propio Urdaneta. Pero conste que no hay motivos para poner en duda que, en una observación del Sol, no calcularan correctamente una latitud de 55° Sur, con lo cual bien ganado tendrían que el Mar de Hoces fuera llamado como tal. Al menos entre paréntesis y bastardilla, cosa de no ofender a su Majestad. Ni poner en duda los cuentos que repiten sus servidores amaestrados. Llámese inteligentes o bien educados de por acá.

Ojos que lo ven, depresión que se siente

Un siglo después de la vuelta al globo de Magallanes-Elcano, y casi otro tanto de las peripecias de Francisco de Hoces, se lleva a cabo en 1619 la primera expedición europea que explora todo el contorno de la costa fueguina. Navegación de la que puede reiterarse, sin temor a alejarnos demasiado de la realidad, que también es la primera que realiza observaciones científicas sistemáticas sobre Tierra del Fuego. Cartográficas, muy especialmente (como es lógico), pero que involucraban, cosa propia de la época, la observación del mundo como un todo, y no tanto como sumatoria de conocimientos parcelados. Marinos a vela, estaban obligados a descifrar la naturaleza.

A modo ilustrativo, no es despreciable comprobar que, ya Pigafetta, relator de aquel viaje alrededor del mundo, se haya interesado por el petrel de las tormentas. O “paiño”, tal como se lo conoce en lenguaje coloquial en español. Ave que, al menos en estas latitudes, normalmente antecede al arribo de un centro de baja presión.

Agarrate Catalina

Vale la pena meterse con el paiño y los motivos que habrán justificado llamar la atención de los marinos de Magallanes, al punto de que Pigafetta se tomara el trabajo de describirlo. Pareciera caminar sobre las aguas, más que volar. Pero ello sería solo un aspecto simpático, no necesariamente una razón de envergadura como para mencionarlo.

Y lo curioso es que, aún hoy, hay quienes le prestan atención, lo cual merece una explicación.

Resulta ser que, esforzándose por ocultarse del control detectivesco de la Organización Marítima Internacional; navegando sobre los márgenes de las publicaciones y resoluciones de dicha oficina pública mundial de especialistas (en rajarle a los barcos), y por fuera además de sus registros y sistemas administrativos de gestión, cosas todas ellas que han hecho, de la navegación, una actividad igual de atractiva que pasarse veinte años haciendo rayitas en alguna subdirección municipal de algo (sin otro horizonte que jubilarse), decimos que detrás de todo ello quedan marinos que hacen lugar, en su cabeza, para la observación y la formación profesional. Parece mentira, pero todavía los hay. Y prestan atención a esta ave típica de nuestras aguas, el paiño, que no tendrá la majestuosidad del albatros de la bandera fueguina, pero aparece solo cuando viene el mal tiempo. Cosa que se agradece.

Si, en la diversidad de aplicaciones meteorológicas que cocinan los mismos datos, suministrados por los mismos proveedores para presentarlos como platos distintos al gusto de tal o cual paladar, el consumidor queda tranquilo porque en 3, en 17 o en 29 horas con 45 minutos y 30 segundos su aplicación preferida le indica que habrá buen tiempo, consejo sano y barato: mire alrededor. Si aparecen paiños, mejor precaverse. Algo está por venir, ellos lo saben y lo comparten con quienes están predispuestos a navegar en el agua, además de hacerlo por Internet mientras  completan formularios de gestión.

A falta de respuestas, buenas son preguntas

La hidrografía contribuía, con intensidad, a desarrollar y diversificar el conocimiento, atenaceando el espíritu indagador del hombre del Renacimiento e inicios del siglo XVII. De algún modo, la navegación era base de ciencias.

En el presente nos cuesta entenderlo de un modo semejante, toda vez que el GPS, la falta de curiosidad y la uniformidad a la que nos obligan la televisión y la educación pública (que son más o menos la misma cosa) nos ha vuelto seres sin demasiadas preguntas. Por ello nos resulta difícil entrever los interrogantes e incertidumbres que se abrirían al avistar costas de las que se desconocía todo. Si lográramos vislumbrar las dificultades que han debido superar los primeros exploradores, los valoraríamos por encima de los ajustes de cuenta retroactivos a los que nos han acostumbrado la tele y los profes. O les profes.

Y cuando hablamos de “costas de las que se desconocía todo”, hablamos no solo de avistajes de día y con buen tiempo. Estamos hablando de sospechar bajofondos y sombras amenazantes en noche cerrada, con chubascos, trenes de depresiones y temporales cuyas intensidades, cuando se producen actualmente en zonas del primer mundo (o sus barrios privados diseminados por el planeta), son noticia. Primer mundo, reiteramos. Porque aquí son moneda corriente.

Felices sueños

Estamos intentando retratar gente que descubría rocas aisladas cuando se daba contra ellas con las quillas, poniendo en riesgo cascos y hombres. ¿Alguien ha pensado en cómo dormirían los capitanes de aquellas embarcaciones, ante la responsabilidad de quien conduce buques y tripulantes hacia lo desconocido? Personas que no solo tenían en juego su propio cuero, sino el de los demás. No debía ser fácil conciliar el sueño, y acaso despertaran una y otra vez, sobresaltados hasta por menudencias, como simples golpes de mar que les daría instantáneamente por pensar lo peor, u órdenes a los gritos en cubierta ante maniobras normales. O, ya cosa más seria, vientos repentinos que obligaran a mandar gavieros a los palos, para achicar paños en la oscuridad. Todo era desconocido y todos compartían la suerte, pero en los capitanes debía jugar la responsabilidad como un peso más. En la aventura, no es lo mismo cargar con la mochila de la responsabilidad, a que a uno lo lleven. Son dos cosas distintas.

No debió haber descanso para esa gente.

No fue magia

El conjuro para avanzar contra el viento, o para poder ver más allá de la proa con los ojos golpeados por gotas de lluvia, horizontalizadas por el temporal. O el desbaratamiento exitoso de los peligros escondidos en rocas sumergidas al pelo de agua, frente a costas inabordables. O los bordes sucesivos, con viento en contra, hacia una y otra banda, para poder avanzar en canales estrechos y de límites navegables desconocidos. O la navegación con el viento a favor, imprimiendo al buque, dentro de aquellos desfiladeros, una velocidad que haría potenciar el desastre ante un eventual encuentro con un bajofondo. En fin, sería tedioso, para quien no es navegante, encarar un listado de las innumerables situaciones de riesgo que plantearía la navegación de entonces en esta zona, y que incluso la vuelven peligrosa hoy.

La pregunta: todo ello, ¿habrá requerido de hombres con decisión suicida? ¿O decididos, pero con ganas de contarla? Porque para esto último, la decisión no basta. Hay que tener conocimientos, talento, capacidad de observación, don de mando, y la experiencia suficiente como para sobreponerse … a la falta de experiencia en el lugar que se explora por primera vez.

A menudo nos anoticiamos de que tal o cual embarcación de turismo del Canal Beagle, ha tenido algún percance al regresar a Ushuaia. Vidrios rotos por golpes de mar, por ejemplo. O que un buque proveniente de la Antártida ha recibido una ola demoledora que le ha causado destrozos. ¿Cómo sería dar la vuelta a Tierra del Fuego, por el Sur del Cabo de Hornos, en sentido horario, en 1619?  El sentido de la vuelta, aunque parezca un tema menor, no lo es. Hay que navegar del Atlántico al Pacífico, por el Sur del Cabo de Hornos, contra el viento predominante y los grandes temporales de la zona. Luego, embocar el Estrecho pero desde el Pacífico, entre decenas de islas, peñascos y falsos accesos, para poder finalmente navegarlo y regresar al Atlántico.

Haberlo logrado, es testimonio de talento y profesionalismo, no solo de voluntad. La voluntad, cuando se la deja a solas, queda asociada tan fuertemente al idealismo, que le cuesta divorciarse. Para hacer cosas como la que hicieron los Nodal, circunnavegando Tierra del Fuego hace cuatrocientos años, se requiere de un realismo a toda prueba.

Lo malo, si breve, menos malo

Y hablando de realidades, vamos a considerar que la acumulación de datos que llevamos, más nombres, situaciones, fechas y demás consideraciones, pueden agotar y hasta poner confusión al relato. Vamos entonces a concederle una escala a los Hermanos Nodal.

Nos importa mantenernos a bordo de su gran aventura, que resulta mejor que una de piratas. Alcanza por ahora con saber que hubo dos hermanos de Pontevedra, los Nodales, que fueron los primeros en dar la vuelta a Tierra del Fuego. Todo lo demás es tratar de enmarcar su expedición en las condiciones en que se llevó a cabo. Porque solo dándose una idea de cuáles fueron esas condiciones, adversidades y peligros que enfrentaron, es como podemos valorar aquel gran acontecimiento histórico, para el que apenas tenemos espacio en la memoria.

La cultura es la sonrisa

Fondeamos acá pero, para que el relato no garree, vamos a meter un poco más de “contexto”. Poco. Apenas algunas curiosidades de 1619 y sus aledaños.

Por ejemplo, que tres años antes fallecía, el 22 de abril de 1616, Miguel de Cervantes Saavedra, aunque para la UNESCO lo haya hecho el 23, día de su entierro. Y para mejor, en coincidencia con Shakespeare. Así lo indica el volumen 1 de resoluciones de la 28° reunión de la UNESCO, 156 páginas en pdf, claramente incomibles, aunque evidenciando la preocupación por la cultura que tienen montones de cráneos y cráneas que se juntan, cada tanto, para sacar resoluciones, cobrar viáticos y sentirse parte del mobiliario de Montmartre. Incluso algunos, según fuentes inobjetables, aprenden a decir Foucault.

Para abreviar, digamos que la UNESCO “suscribe la idea y proclama “Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor” el 23 de abril de cada año, fecha en que coincidieron, en 1616, los decesos de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega”.

Un “día de la fecha” más, que se agrega a las conmemoraciones de “días de la fecha” con que, con alegre persistencia, los organismos internacionales destinados al turismo de nobles propósitos intentan “visibilizar” todas aquellas cuestiones que no les interesa en lo más mínimo. O de las que saben de antemano que no solucionarán nada ni aunque les asignen solemnemente la dedicatoria de un mes, un año o un milenio. Días tras cuyos homenajes y concientizaciones se suelen ocultar inconfesables propósitos, enmascarados entre representantes nacionales que se felicitan a sí mismos, al tiempo que sus compatriotas saltan sin red.

Bueno, la cuestión tiene más que ver con el contexto histórico del que hablábamos, porque sea 22 o 23, el hecho es que Cervantes y Shakespeare murieron con calendarios distintos. El Gregoriano, desarrollado en Salamanca (muestra inexcusable del oscurantismo y oposición a las evidencias del mundo físico que primaban en la península ibérica), estaba en vigencia en España y Portugal desde 1582. Gran Bretaña y sus colonias siguieron con el Juliano (impuesto por Julio César) hasta 1752. En resumen, Cervantes y Shakespeare murieron con una diferencia del orden de diez días. Cosa que la UNESCO omite, aunque no podemos sospechar que gente tan culta lo ignore. Tal vez ni le interese; o Derrida no haya hecho al respecto ninguna reflexión, por lo que el detalle pasó de largo. O como al fin de cuentas se trata de cultura, término que siempre es bueno tener a mano para no decir nada, un calendario u otro dan exactamente lo mismo. Porque se trata de eso, de que todo de lo mismo. Si no fuera así, ¿para qué contar con una organización dedicada a la cultura?

Pero a nosotros sí nos importa, porque no deja de ser sumamente interesante que la primera circunnavegación de Tierra del Fuego, se haya hecho utilizando el calendario que rige hasta el día de hoy, el Gregoriano.

Gente de trabajo

Hora de dejarse de amagues y terminar de largar, de una buena vez, el primer grillete de esta historia de los Nodales.

El punto es que 1619, año en que los hermanos Bartolomé y Gonzalo García de Nodal dan su vuelta alrededor de Tierra del Fuego, un buque holandés (ya que concedemos el Cabo de Hornos a Le Maire, bien podemos admitir proezas semejantes en otros de sus compatriotas), introduce los primeros esclavos negros en las colonias norteamericanas. Los colonos británicos no habían sino llegado un instante antes que, hombres y mujeres de sólidos principios, celosos de cumplir el mandamiento ideal de ganarse el pan con el sudor de la frente de los demás, ya les daba por iniciar el camino hacia el destino manifiesto. No representaba, aquel año de 1619, sino toda una metáfora gestante, para el que terminaría siendo el país de la libertad. Al menos, la libertad de algunos.

Para nosotros, en cambio, es el año de la gran aventura de los Nodal, a quienes no estaría mal recordar. Aunque sea como descuido, aprovechando alguna hendidura en la coraza relativista, cuyo discurso nos suele alejar de aquellos que han hecho algo por el lugar en que vivimos.



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